El árbol de Navidad

Esta es la historia de Anne, una humilde chica que, en apariencia, no tenía nada que llamara la atención. Una chica del montón, como se suele decir; pero había algo que la hacía diferente a las demás: Anne creía en la magia. Consciente estaba que no era una hechicera, ni un hada, ni cosas por el estilo y, aunque nunca hablaba al respecto, muy en secreto confiaba en el increíble poder de su fe.

Sin embargo, aun pensando de esa manera, le resultaba increíblemente difícil hallar una solución a sus numerosos problemas. Ir a la escuela día tras día era una verdadera tortura y, más que una tortura, un verdadero desafío. Debía tener una gran fuerza de voluntad para mantener la entereza frente a sus compañeros, pues todos se burlaban de ella por vestir como una indigente, escribir con mochos de lápices que otros dejaban caer en la basura e, incluso, por no tener dinero suficiente para pagar el almuerzo en la escuela y tener que esperar hasta el final a que sacaran las sobras al contenedor de desechos.

Pero el mayor de sus problemas, sin dudas, era la enfermedad desconocida que padecía su madre, la cual le obligaba a permanecer en cama día y noche, con una tos constante y una fiebre eterna. Apenas tenían para comer, por lo que ambas estaban al borde de la caquexia, y las condiciones de su morada no eran mucho más confortables que el duro suelo de un parque a la intemperie. Sin embargo, dejarla en las mañanas para irse a estudiar era para Anne mucho más doloroso que todo aquello, pues temía seriamente por su condición. Pero su amada señora insistía en que debía recibir una educación adecuada si quería encontrar la manera de ayudarla.

Ese, probablemente, era el único motivo que la hacía volver al aula una y otra vez, soportando los insultos y malos tratos de sus compañeros lo mejor que podía, para después ir a buscar trabajo de forma desesperada en todas partes. A veces hacía de recadera; otras, lavaba la ropa de sus vecinos; e incluso podaba los árboles de la escuela a cambio de algunos panecillos duros para la cena en casa.

Noche tras noche arropaba a su madre y luego de que esta se quedaba dormida permanecía despierta unas horas más velando su sueño. Luego, se aseguraba de que no hubiera ningún extraño merodeando por los alrededores y se acurrucaba en el regazo de su vieja hasta el día siguiente. Pero esa mañana, al abrir los ojos, todo le pareció diferente. Un enorme montón de pelusas blancas se habían colado por la ventana ­–o más bien, por el agujero en su pared de madera que hacía las veces de ventana– y se había apilado alrededor del montoncito de heno sobre el cual dormía.

Agarró temerosa un puñado de ellas, aún sin bajarse de su “cama”, y su sorpresa fue grande al ver cómo bajo la presión de sus dedos las pelusas parecía mezclarse en una sola muy grande, comenzando a destilar al poco rato un extraño líquido que las hacía desaparecer por completo. No eran pelusas. ¡Era nieve! Un regalo del cielo que jamás había visto y que la ponía la mar de feliz.

Salió descalza a la calle y comprobó la existencia de otros tantos montoncitos blancos y perfectos. No cabía dentro de ella por tanta felicidad y quiso hacer en un segundo todo lo que había visto en libros y postales de Navidad. Bolas enormes para lanzarlas a los pajarillos, ángeles en el suelo agitando brazos y piernas acostada sobre este y una familia entera de muñecos de nieve. Sus pelos estaban de punta a causa del frío, pero no parecía importarle. Lo único que quería era sentir la nueva vida en sus pies desnudos. Sin embargo, al entrar en casa para anunciar la noticia a su madre se percató de que ésta estaba empeorando como consecuencia del invierno.

Un terrible dolor en las articulaciones y temblores casi incontrolables se habían sumado a su lista de padecimientos. Acongojada, la niña la abrigó lo mejor que pudo, enrollando en su cuello la desgastada bufanda que quedaba como recuerdo de las últimas navidades con su padre. Quiso quedarse ese día con ella, pero Jacinta insistió en que partiera una vez más al colegio. Su madre era tan testaruda… ¿O sería que ella no había suplicado lo suficiente para quedarse a hacerle compañía? Los temores hacían nido en su cabeza y un sentimiento de culpa la acompañó durante todo el camino.

Llegó a la escuela antes de darse cuenta y casi no la reconoce de los muchos adornos que tenía por doquier. Largas guirnaldas de diversos colores, imágenes gigantes de Santa Claus, trineos, renos y otras tantas decoraciones anunciaban la llegada de las fiestas navideñas. Los chicos pasaban corriendo por su lado sin siquiera saludarla, riendo muy alto y fanfarroneando de los numerosos regalos que recibirían por la tan señalada fecha. Hablaban además de cenas familiares, de regalos en enormes calcetines junto a la chimenea, de bombones, uvas y manzanas, y de lo que más le llamaba la atención en el invierno: un árbol de navidad.

Al entrar al aula encontró a todos sus compañeros cantando a coro los tan populares villancicos, portando sobre sus cabezas gorros rojos con blancos pompones, cuernos de alce, conos de elfos, barbas de Papá Noel, capuchas y otros tantos atuendos relacionados. Todos se voltearon a verla con cara de repugnancia. Ella se miró avergonzada e intentó ocultar una lágrima. Muy a su pesar, sus compañeros tenían razón. Vestía poco más que harapos, sus zapatos estaban rotos y ni siquiera hacían pareja, debía llevar sus libros en la mano por no contar siquiera con una bolsa de plástico y sus cabellos hacía más de tres años que no eran cepillados por nadie.

Un remolino de amargas lágrimas acudió a sus ojos al comprender lo desgraciada que era. Mientras todos a su alrededor reían y festejaban la epifanía invernal con alegría ella solo podía pensar en lo enferma que estaba su anciana madre y en todas esas necesidades –o caprichos, a juicio de cada cual– que tenía y que jamás podría satisfacer.

Espantada de todo dio media vuelta y salió corriendo, de regreso a casa, ignorando por completo los gritos de la maestra para que no se marchara. Los libros terminaron esparcidos por el suelo, quedando también a medio camino sus zapatos que, encima, le quedaban demasiado holgados como para soportar tan precipitada carrera. Incluso tropezó con un espino y terminó desgarrando su ya raído vestido.

¡Qué más importaba eso ahora! Lo único que quería era desahogar su enorme pena lejos de todo el mundo, por lo que, al llegar al jardín de su casa, se dejó caer de rodillas frente a un abeto marchito, sin molestarse siquiera en intentar silenciar su lastimero sollozo. Sus lágrimas fueron cayendo poco a poco sobre la podrida y astillada madera de lo que alguna vez fue un frondoso árbol y se perdieron en la aridez de aquel desolado jardín, ahora cubierto únicamente de fría y triste nieve.

De pronto pareció como si el abeto también llorara, pues unos finos hilos de olorosa resina comenzaron a brotar de sus heridas, sellándolas por completo y enderezando el torcido tronco. Anne dio un salto hacia atrás al percatarse de lo ocurrido y abrió los ojos aún más al ver cómo el follaje de las antes desnudas ramas comenzaba a reaparecer. La pequeña intentó enjugar sus lágrimas para ver mejor tal espectáculo, pero estas no dejaba de brotar y, a medida que lo hacían, se iban transformando en pequeñas estrellas de luz que se colocaron armónicamente alrededor de las afiladas hojas, aumentando y disminuyendo la intensidad de su brillo cada cierto intervalo. Era hermoso contemplarlas en tan perfecto titilar.

Entre nerviosa, feliz y asustada, se le ocurrió hacer bolitas de nieve y lanzarlas contra el árbol, pero a cada golpe las bolas se trasformaba en esferas de chocolate, ángeles, campanas, bolsas de regalo y otros tantos adornos navideños. La nieve alrededor del abeto comenzó a derretirse, dando lugar a un césped tan verde como nunca había tenido aquel jardín y, sobre este, unas pequeñas figuras que representaban el advenimiento de Cristo por primera vez al mundo. Fue entonces cuando retomó su caída la nevada, hasta entonces detenida, y los pequeños copos que se posaron sobre sus manos se transformaron en bastones de caramelo que reubicó con alegría entre las ramas. Un rayo de sol iluminó la copa del pino y una brillante estrella coronó tan sublime obra, impulsando a la niña a entrar corriendo a casa para mostrarle a su madre lo que sucedía fuera.

Se acercó a la cama y la tocó con suavidad, intentando no hacerle daño con sus fríos dedos. Pero grande fue su sorpresa al descubrir que ahora cubrían sus manos unos hermosos guantes de seda, los cuales la ayudaban a conservar el calor. No dándole tanta importancia insistió en llamar la atención de su madre, pero ésta al voltear a verla sólo atinó a preguntar.

– Sí, perdona. ¿Quién eres?

– Mamá… –dijo Anne confundida

Entonces su madre se echó a llorar en sus brazos al ver el hermoso rostro de su hija, antes cubierto de mugre. Sus cabellos caían en tirabuzones sobre sus hombros, adornados por un lazo rosa. Portaba un hermoso vestido de aro que resaltaba las bondades que la pubertad comenzaba a regalarle, mientras que sus pies descansaban dentro de unas cálidas y mullidas botitas de algodón.

No se sabe de dónde salieron las fuerzas de Jacinta, tal vez de la dulce sonrisa que le iluminaba la cara a su hija, pero consiguió levantarse de la cama y, con ayuda de Anne, salió andando hasta el jardín.

Al encontrar el resucitado abeto una lágrima se deslizó por su rostro, pues recordaba que al caer enferma lo había descuidado mucho y poco a poco ambos se habían estado consumiendo, pero si él había vuelto a la vida quedaban esperanzas para ella.

– Come, mamá, come. Son caramelos de verdad –dijo Anne, tendiéndole uno de los bastones.

El dulce sabor del caramelo mentolado invadió su boca y poco a poco dejó de toser. Antes de darse cuenta estaba completamente erguida y la pequeña giba que comenzaba a aparecer en su delicada espalda ya no era visible.  Los dolores que invadían su cuerpo no eran ahora más que un lejano recuerdo. Incluso la fiebre había desaparecido. Nuevamente su hija la recibió en fraternal abrazo. La dicha las había elegido a ambas aquella navidad.

Anne sintió el peso de una mirada sobre su nuca. Se volteó para averiguar de quién se trataba, pero solo fue capaz de vislumbrar el borde de lo que parecía ser una túnica blanca que se alejaba por el costado de su pequeña casa. Dejó a su madre bajo el hechizo de los dulces y desenvolviendo numerosos regalos apilados en las raíces del árbol. La niña corrió alrededor de la casa, intentando encontrar al que parecía ser el responsable del hermoso milagro que ahora vivía, pero no encontró a nadie.

Y miró entonces al cielo, mas no lo podía creer. Aun siendo pleno día vio refulgir una estrella en la distancia, una estrella de esas lejanas que el Sol no permite ver, una estrella que parecía guiñarle el ojo en cada titilar. Sabía de quién se trataba y que era justamente esa estrella quien la había devuelto a la vida; pero más que ninguna otra cosa Anne estaba segura de algo: la magia era real. La había salvado su fe.

 

Es curioso, pero esta entrada la había programado para el día 10 de diciembre. Me dije “esta vez voy a estar adelantada”, y al final mira, falló la programación y estoy atrasada como siempre jajaja. FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!

Acerca de Sakuramor

“¿Has amado alguna vez a alguien hasta sentir que ya no existes? ¿Hasta el punto en que ya no te importa lo que pase? ¿Hasta el punto de que estar con él es más que suficiente, cuando te mira y tu corazón se detiene por un instante? Yo sí…”

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