El mendigo millonario

2017En primer lugar, desear a todos FELIZ AÑO NUEVO 2017. Y, en segundo lugar, pedir disculpas por tardar tanto en hacer una nueva publicación. Han sido días tormentosos, pero ya estoy de vuelta, con ganas de más. Espero que disfruten la historia que aquí les traigo.

Era su primer día de trabajo y Rodrigo estaba emocionado. Llevaba más de tres años pasando cursos de coctelería y, hacía más de cinco, se había titulado como Licenciado en Contabilidad en la honorable Universidad de La Habana. Desde niño había sido una persona intranquila, simpática y amable. Y dio señas tempranas de ser emprendedor y algo ambicioso, lo cual no es malo si de avanzar en la vida se trata.
Tuvo durante la adolescencia alguna que otra novia, pero su interés siempre estuvo centrado en los estudios, de ahí que no guardara de aquella época ningún recuerdo especialmente importante en temas del amor. Pero ahora por fin comenzaba a trabajar en el prestigioso hotel Inglaterra, que se erigía soberbio a las puertas de la ciudad, esa ciudad en la que hacía solo algunos años se dejaba bañar por la fresca lluvia y correteaba descalzo con sus amigos.
Esos tiempos entrañables no volverían, y lo sabía, porque este lugar exigía de él muchas horas de trabajo y elevados niveles de concentración y destreza, por lo que estaba consciente que en los instantes no laborables debería descansar lo suficiente para la jornada siguiente. Y comprobaba día tras día lo extenuante de su faena, hasta que poco a poco su cuerpo y su mente se fueron acostumbrando. Entonces dejó de sentirse un dependiente más y disfrutó con mejor sabor este sueño que al fin estaba haciendo realidad.
barmanNo tardó mucho tiempo en que su buen desempeño le ganara un ascenso y dejara de atender las mesas para llevar el control de la caja, sumado a la elaboración de los cocteles, para lo que tanto se había preparado. Sonreía a todos, clientes y trabajadores que, como él, intentaban ofrecer un servicio con enfoque de cero defectos. Pero los años comenzaron a pasar y se fue haciendo más difícil sonreír, por el cansancio, por la rutina o, sencillamente tal vez, porque su sueño ya no lo era tanto y había dejado de ser un motivo de alegría para Rodrigo.
Varias personas habían formado parte de su equipo, como dependientes, y la mayoría había dicho adiós, siendo sustituidas por nuevas caras, sangre más joven y con fervientes deseos de mostrar alegría en su rostro. Pero tiempo después llegaba una nueva despedida, y otra, y otra más… Sin embargo Rodrigo seguía allí, haciendo cocteles y contabilizando las operaciones diarias, por lo que poco a poco la monotonía fue agriando su corazón.
Ya no trabajaba por disfrutar la satisfacción en sus clientes, sino porque había encontrado maneras de engordar su bolsillo sin inversión alguna. No pensaba desperdiciar ni un minuto en sonrisas que ahora solo conseguían hacer más notables las arrugas que le había heredado el tiempo, ese tiempo que avanza y despiadadamente nos arranca los mejores años de nuestra vida, a algunos haciendo lo que nos gusta, y a otros pues, sencillamente, obligándonos a querer las cosas que hacemos…
Un nuevo ascenso lo sorprendió, cuando daba por sentado que su vejez lo alcanzaría detrás de aquella triste barra, y aunque solo tenía cuarenta y seis años su alma ya rozaba la tercera edad. Sin embargo, con el nuevo cargo llegaron también nuevas amistades que de cuando en cuando dejaban caer algo de carmín sobre los labios del antes camarero, devolviendo a retazos la juventud que había perdido. Y ¿qué decir de su economía?, que crecía vertiginosamente, pasando del bolsillo al colchón, y de este a maletines y gavetas en metálico, todo al costo de maltratar a sus empleados y dejar caer algunas migajas en sus manos de toda la fortuna que amontonaba con sucias traquimañas.
Los camareros poco a poco le fueron perdiendo el respeto, y rompieron todo lazo que se alejara del trato profesional. No lo querían como jefe, pero nada podían hacer al respecto; después de todo, la cadena de víboras no culminaba con él.
A pesar de murmurar a sus espaldas, pocos se atrevieron a hacerle frente a sus injurias, pues sabían que la puerta siempre estaría abierta para irse, pero no para regresar. Sin embargo, a Rodrigo no le importaba, pues se había vuelto asquerosamente rico y con tanto dinero podría apaciguar su soledad cada vez que se le antojara.
Sucedió así que comenzó a delegar responsabilidades y apenas trabajaba, día tras días se le veía menos la cara. Se encerraba en su oficina durante horas, daba una vuelta por el salón para lanzar dos o tres insultos, piropear de forma burda a una de las camareras y contar varias veces el dinero de la caja. Una vez asegurado de que todo estaba en orden, le pedía algo de comer a la cocinera y se marchaba nuevamente, tan silencioso como había llegado. Contrario a esto, la visita de sus amigotes se hicieron recurrentes, siempre un grupo distinto, al que había que priorizar en el servicio y cuyo consumo sería gratuito, o bueno, pagado con parte de las propinas que correspondían a los empleados.
– ¡Esto no puede seguir! –se quejó una de las camareras, dirigiéndose al barman.
– No hay nada que podamos hacer, así que sonríe y sigue, los clientes no tienen la culpa.
– Estos sí –rezongó chica, pero sabía que en el fondo ellos no eran los culpables.
Y así se iba otra noche ajetreada, con poca remuneración y un gran disgusto en el alma. Pero mientras no tuvieran a donde ir, ninguno de ellos podía renunciar a las migajas de Rodrigo, que se quedaba horas deleitando sus ojos ante los sacos de dinero que se amontonaban por toda su casa. Entonces comenzó a salir, a divertirse, y a malgastar todo lo que podía en ron, apuestas y meretrices. Algún uso debía darle a su tesoro, y no encontraba uno mejor.
dulcePero ese día Dulce, la joven camarera, llegó antes al trabajo. Creía que estaba desierto, pero al doblar rumbo a los servicios se topó con la espalda de Rodrigo, quien estaba recostado a la puerta del baño de hombres, teléfono en mano, haciendo una video-llamada. Retrocedió un poco, para no ser vista, pero se quedó escuchando, y no tardó mucho en darse cuenta de que se trataba de una chica, de tal vez unos años menos que ella, por lo que supuso que sería su hija. Y no se equivocaba, el sollozo apagado de su jefe fue la confirmación de sus sospechas.
Era tanta su curiosidad que le hizo el comentario al barman aquella noche, con la esperanza de descubrir alguna cosa, pero Andrés era un hombre discreto y guardó silencio. En cambio Norma, la camarera, había escuchado la conversación y no demoró en intervenir. Era una señora de sesenta años y pocas cosas se le escapaban, por lo que enseguida la puso al día.
La chica se llamaba Flavia, y tenía 16 años. Hacía más de una década que se había ido del país junto a su madre, la única mujer a la que Rodrigo había amado de veras y con la que había entablado una relación unos meses antes de pasar a ser el cajero del bar; sin embargo, no había podido ocuparse de ella lo suficiente por su trabajo tan esclavo. Y fue así que la perdió, pocos años después de que su niña naciera, a la que no pudo ver crecer a su lado, y quien sigue siendo el único motivo por el que a veces sonríe y, otras tantas, llora.
El corazón de Dulce se acongojó, pues no esperaba una cosa así. Y aunque nada de eso justificaba la actitud de su jefe, comenzó a verlo de otra manera. Se preocupaba por él, tenía detalles que con ningún otro, incluso lo defendía cuando el resto se amotinaba en su contra, pero eso solo le mereció nuevos insultos, y el desprecio de sus compañeros.
Pasaron algunos años en los que las cosas solo parecían empeorar. De tanto trasnochar Rodrigo enfermó, y lo que parecía una simple gripe devino en una fuerte tuberculosis, de grado tan avanzado que ya afectaba sus huesos y el sistema circulatorio. Los moretones en la piel, incluso sin haberse golpeado, eran notables; y la fragilidad ósea lo obligaba a mantener reposo durante casi todo el día. Como no tenía a nadie en casa para cuidarlo tuvo que pagar a una enfermera para que se hiciera cargo de él durante el día.
Andrés se había jubilado hacía seis meses, y no tenía sus señas. Dulce y Marisa, las jóvenes camareras, habían terminado su servicio social y fueron reubicadas en otras instalaciones. Y Norma, la cocinera, hacía poco menos de un año que había regresado al Oriente del país, junto a sus hijos. No le quedaba nadie de confianza en su restaurante, nadie a quien exigirle que se le guardara todo el dinero que se recogiera en propinas y sucios trucos para quedárselo, nadie a quien insultar siquiera por teléfono.
rico pobreMiró a su alrededor. En su casa no había ni un solo cuadro con fotos familiares. Su madre había muerto hacía más de 20 años y a su padre jamás lo conoció. Su hijita, lo único que le quedaba en este mundo, estaba a más de 90 millas de su lado y en su casa no tenía forma de hablar con ella, pues contaba sólo con la WiFi del hotel para poder hacerlo cada tarde. Sacó su teléfono, un Samsung Galaxy de última generación. Besó la foto de Flavia que tenía como tapiz y lo lanzó con furia contra la pared.
La enfermera se había ido. Ya mañana recogería aquel desorden.
Reparó en el plato de comida que estaba encima de la mesa, del cual no se había atrevido a probar bocado. Se dio vuelta en su cama redonda para encontrar, una vez más, vacío. ¿Para qué quería una cama tan grande, si no tenía a nadie a quien abrazar mientras dormía? ¿De qué le valía tener tantos trajes, si no había una sola persona en su mundo que le pudiera ofrecer un elogio sincero? ¿De qué le servía haber dirigido un restaurante, si ahora solo podía comer la asquerosa cena que preparaba por obligación una enfermera a sueldo? ¿Por qué se emocionaba contando sus millones, si con todos ellos no había podido comprar un verdadero amigo? ¿Para qué tener una casa llena de lujos, si después de las siete se quedaba completamente solo? Si le faltaba lo más importante, estaba claro que era como si no tuviera absolutamente nada. Y no fue hasta entonces que lo comprendió: se había convertido en una persona tan pobre, pero tan pobre, que lo único que tenía a montones… era dinero.

sobras de dinero

Acerca de Sakuramor

“¿Has amado alguna vez a alguien hasta sentir que ya no existes? ¿Hasta el punto en que ya no te importa lo que pase? ¿Hasta el punto de que estar con él es más que suficiente, cuando te mira y tu corazón se detiene por un instante? Yo sí…”

10 respuestas a “El mendigo millonario”

  1. Muy bueno, Sakurita. Ya lo he dicho yo, sólo que de otra forma: De nada vale tener a un familiar o un amigo si no está junto a ti; ningún bien material sustituye el calor y la compañía humana; ni el amor.
    Sigue así.
    PD: Ayer un escritor consagrado me dijo que lo del Onelio fue probablemente problema de currículum; ellos evalúan si estás vinculado de alguna forma al mundo de la cultura. Besitos.

    • Ah, jajaja, pero yo currículum tengo de otras artes, de literatura realmente no mucho. He sido una cobarde toda mi vida y tengo este blog gracias a Adonys, en primer lugar, y a los amigos que se han mantenido frecuentando este sitio. Yo te digo, estuve en un taller de poesía que duró dos clases cuando iba a la secundaria y… algunos concursos de cuentos en los que jamás gané más allá de un reconocimiento a nivel de escuela, tertulias sobre los 5 en los que exponíamos nuestras obras, y poco más; pero te digo una cosa, más allá de todo eso, sin ser autosuficiente, creo que el talento es más importante. Y si tú y yo somos relativamente buenas, por no darnos aires de más, ¿qué más da el pasado? Al fin y al cabo tu currículum no es más que eso, lo que ya pasó. ¿Acaso con nuestras obras no fueron capaces de vaticinar nuestro futuro literario?

      • jajaja, Sakurita mi vida, no es tan fácil, me lo dijo un escritor ya consagrado, la AHS no acepta sólo por el talento. La cosa es vincularnos e intentarlo next year :-*

      • q mas curriculum tu quieres q este blog, muchos han comenzado blogs como este y al mes lo dejan, creo q es un verdadero logro

        pd para liss: yoss me dio su correo por si t animas a escribirle………. acaba d dejar esa pena

        • Gracias Yang, lo del blog lo incluí en mi currículum y tampoco lo consideraron suficiente, jaja, pero no importa realmente, porque escribo por el placer de hacerlo y no por aumentar créditos en mi vida. Es lo que me hace feliz, y es lo más importante. Este espacio no me lo puede quitar nadie, y no estoy hablando del dominio web. Como no me vuelva loca de pronto…

        • jajaj gracias YANG pero no sé, el yoss no me ha hablado ni por fbk o sea… De todas maneras tengo de tutora a su «hija putativa» Malena Salazar Maciá, quien ganó un Premio Calendario este año. Graciasssss

        • Muchas gracias, Adonys querido, sé que puedo contar contigo y no, no me merezco todo el mérito de este lugar maravilloso que hemos creado juntos, pues tú, como buen padre, has estado pendiente siempre de este, que también es tu bebé. Uff, me puse maternal y pico jajaja.

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