Aún estaba dormida cuando Sara regresó de hacer la compra, me llamó en un susurro y apenas me dio tiempo a incorporarme en la cama cuando me zampó la noticia.
– Fidel ha muerto.
– ¿Qué? –dije con cara de espanto, algo adormilada –. ¿Es una broma de las tuyas, no?
– Que no, que no. Es de verdad –aseveró.
– Pero, ¿cómo va a ser…? –dejé la frase sin terminar y la miré fijo a los ojos. Ya me había espabilado y escrutaba con detalle su rostro, con la ilusión de encontrar algún indicio que delatara su mentira, porque estaba segura de que no hablaba en serio, segura. Alzó una ceja, luego la otra y ya vencida sentenció–: pon el televisor y velo tú misma.
Sara es la novia de mi hermano desde hace dos años, y es muy dada al chascarrillo. Siempre está jugándosela a alguien, pero esta vez estaba siendo sincera. Ahí, frente al televisor, estaba yo, con una mano el pecho, que me apretaba tan fuerte como apretaba yo con la otra el brazo del sillón. Dos enormes lágrimas rodaron por mis mejillas. Ni siquiera me tomé el trabajo de escurrirlas, pues desfilarían por mi rostro otro par de ellas, y luego otro, y otro más. El labio inferior me temblaba y el rechinar de mis dientes comenzaba a ser audible. Se debatía dentro de mí una mezcla de rabia, dolor e impotencia, y una frasecilla ahogada se me escapó de repente.
– No lo pude conocer. –Y me envolvió un sollozo ahogado.
– Ni lo ibas a hacer. ¿Quién crees que eres? –. Sara puede ser un poco hiriente a veces, pero esta vez no me inmuté ante sus palabras, porque tal vez tenía razón. Sin embargo, confieso que siempre albergué la secreta esperanza de verlo algún día en persona, aunque fuera de lejos. Recuerdo que cuando era pequeña salía un spot por la televisión y casi al final aparecía una niña de al menos 10 años que lo besaba en la mejilla, como quien besa con fervor a un padre. Me hubiese gustado haber sido esa niña, lo deseaba cada vez que veía el spot. Pero ya tengo 25 años, supongo que perdí mi oportunidad, y con este acontecimiento de forma definitiva.
Otra vez el llanto, ahogado en mi garganta, invadió mis ojos. Mi hermano Henry llegó y se me quedó mirando en silencio.
– Es una boba –escuché la voz de Sara–. Lleva así al menos media hora. Yo no la entiendo, Henry, ¿por qué la afecta tanto?
No sé qué gesto le habrá hecho mi hermano, porque palabra no articuló, pero ella se fue al cuarto chasqueando la lengua, o como decimos en buen cubano, “friendo huevos”. Se me sentó al lado y tomó mi mano. Su mirada era apacible, mansa, como él. Él sí me entendía, porque conocía hasta lo más secreto de mí, y aunque él no lo mostrara, también estaba llorando por dentro. Sin dejar de mirarme enjugó mis lágrimas, aunque era inútil, porque no dejaban de brotar.
– Pareces la nuez de Meñique, que nunca deja de echar agua –dijo con una sonrisa torcida–. ¿Tengo que apagar el televisor para que pares?
– No, por favor, quiero seguir escuchando –contesté.
– Pero te está haciendo daño, Haydée, ¿no lo ves?
– Déjame, quiero saber qué pasó –señalé y me llevé las manos a la cara.
De pronto cesó el sonido de las noticias y sentí como unos fuertes brazos me levantaban. Henry me llevaba cargada hasta el cuarto. Me puso delicadamente sobre la cama y me buscó un vaso con agua.
– No quiero –le dije.
– La necesitarás –puntualizó. Me besó con ternura la frente y cerró la puerta al salir de la habitación.
Me quedé a solas conmigo misma, pensando, reflexionando. Abrí el ordenador y me metí en las redes sociales y otros sitios que me llamaron la atención. Cubadebate, Facebook, Twitter, todas estaban a punto del colapso. «Incluso después de muerto sigues estremeciendo al mundo, papá» –me dije.
Encontré ideas bastante heterogéneas entre las páginas, y aunque aún hay muchos que te respetan y te admiran, hay otros tantos a los que el Tío Sam les ha puesto una piedra por corazón, y cargarla por tantos años ha debido ser doloroso, pero es injusto que te echen a ti la culpa. A todos esos que celebran el hecho de que ya no estés físicamente junto a nosotros solo les puedo decir una cosa: eco soy de aquel que posteó tan brillante frase en las redes, pues concuerdo plenamente con el hecho de que “no existe peor fracaso que alegrarse de la muerte de aquel a quien no pudiste vencer en vida”.
Alcé la vista para contemplar mi bandera, la hermosa bandera cubana que tengo en mi cuarto junto a la ventana, que cuando entra el viento ondea solemne haciéndome sentir que es la más linda del mundo. Y mientras la observaba me pareció ver tu rostro en medio del triángulo rojo, con una media sonrisa alentándome a seguir.
Sí, Comandante, el 25 de noviembre partió de esta tierra un hombre para encenderse una nueva estrella. Tanta fue la luz que nos dio en vida que aparecieron, como en la fábula, terribles serpientes con intenciones de comerse a la luciérnaga, por el sencillo hecho de no soportarla verla brillar; pero jamás pudieron, a pesar de sus innumerables intentos, hacer menguar su fulgor. Y hoy que no está quieren celebrar su muerte, pero la muerte no es muerte cuando se ha cumplido bien la obra de la vida, y usted, Comandante, tiene visa a vida eterna, dentro de cada uno de los cubanos y allá arriba, en nuestro cielo, guiando nuestro rumbo con alegre titilar.
Y ya es costumbre para mí desde que partiste salir a mirar el firmamento cada noche para verte, porque no importa lo nublado que el cielo ante mí se presente, refulges glorioso incluso en las noches sin luna; como tampoco me importa que los vecinos murmuren, o que Sara me llame loca, te juro no hay nada que puedan hacer. Sé que desde arriba me estarás cuidando, pues eres mi estrella, y yo soy Fidel.






realmente conmovedor…FIDEL será para siempre, tuve la oportunidad de compartir en varias ocasiones con él y te cuento que fue maravilloso tener a un hombre de tamaña estatura, es una experiencia de la cual nunca me olvidaré
Pues a mí me hubiese encantado tener la oportunidad de al menos estrechar su mano, o menos que eso, verlo siquiera de lejos. Pero aunque sé que ya no podrá ser, más allá del mal sabor, guardo en mi corazón el orgullo saber que seguirá siempre entre nosotros.