Amor letal

casona

Me descalcé los zapatos antes de entrar a casa y no me molesté siquiera en encender la luz, estaba demasiado cansada. En lugar de eso me dejé caer sobre la alfombra, pues había sudado mucho en mis clases de ballet y no quería estropear los muebles.
Había a mi alrededor un silencio sepulcral, así que supuse que mi compañera de apartamento Dubbly no había regresado. Era avanzada la noche y el crujir de mi estómago me hizo recordar que llevaba muchas horas de ayuno, pero se sentía tan agradable estar ahí acostada que ignoré los insistentes sonidos que producía. Acostumbrados mis ojos a la oscuridad empecé a detallar poco a poco las incrustaciones del techo, tan armoniosas y sugestivas.
Esta casa es muy antigua y su arquitectura llama mucho la atención, por lo que he escuchado acerca de muchos compradores interesados. Y aunque son muchos los rumores que se extienden sobre ella, por los cuales dice la chusma que no se ha podido vender aún, este es el único alquiler que nos podemos permitir mi amiga y yo, que tan lejos vivimos de la Universidad.
Estiré mis manos y en mi imaginación casi podía tocar aquel cielo pletórico de ángeles y querubines. Y sé que no lo estaba, pero por unos segundos me sentí en el verdadero paraíso, sin preocupaciones, sin temores, sin nada más en que pensar que no fuera aquella pieza de arte que ante mis ojos se extendía. Pero al apartar la mirada recordaba los muchos problemas que teníamos allí. Todas las noches se escuchaba el rechinar de la estufa, y el chillido de las ventanas que, abiertas una y otra vez por el implacable viento, apenas dejaba dormir. Y debo añadir que en más de una ocasión me ha parecido escuchar voces, aunque Dubbly insista que ha sido producto de mi imaginación.
Sí, tal vez ella tenga razón y soy demasiado supersticiosa, pero nuestra casera siempre dice que, al despedirse el sol, este poblado se llena de espíritus errantes que buscan desesperados un cuerpo donde alojarse. Por si las moscas, llevo tatuado en la muñeca un ojo apotropaico, que es mi infalible amuleto para protegerme del mal.
Bostecé y me escurrí una lágrima que apresuraba a escaparse. Y ya sé que dicen que es de mala educación, pero aproveché que nadie me veía para estirarme completamente. No hay nada que produzca más gusto que eso. Mis huesos crujieron y empecé a sentirme mejor, incluso esbocé una sonrisa, acompañada de un largo suspiro.
Me dispuse entonces a levantarme y apoyé una mano en el suelo para tomar impulso, pero para mi sorpresa mis dedos se encontraron sumergidos en un pequeño charco que humedecía la alfombra. Era un líquido viscoso y con la oscuridad no podía distinguir el color, pero su acre olor llegó hasta mi nariz, provocándome un escalofrío.
Con el corazón en los labios pegué un salto e intenté, en vano, encender la luz. El interruptor no respondía y comencé a ponerme más y más nerviosa. Respiraba con dificultad y un fuerte dolor me apretaba el pecho. caidaMe eché hacia atrás y de pronto algo se me escurrió entre las piernas, haciéndome caer de espaldas al suelo, justo encima del glutinoso líquido. Quería salir corriendo, pero al intentar ponerme de pie sentí que caía sobre mi hombro izquierdo una fuerte mano y otra que, sobre mi boca, apagaba mis gritos de terror.
Justo en aquel momento cayó una fuerte centella que iluminó a retazos el salón de la casa. Una siniestra figura se reveló ante mí, vestida con harapos y el cabello enmarañado. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, hasta que la sentí hablar.
– Tranquila, Lucy, soy yo. –Mi cuerpo todo temblaba y, al percatarme de que era Dubbly la abracé con fuerzas–. Hace unas horas se fue la electricidad en casa, creo que algo falló con la fuente de energía, pero debemos esperar a mañana para hablar con la casera, pues el teléfono tampoco tiene tono. Estaba acostada cuando sentí el estruendo que hiciste al caer.
– Dubbly –dije en un susurro–, encontré unas manchas de sangre en la alfombra y…
– ¿Sangre? –preguntó confundida. Encendió la pequeña linterna que colgaba de su llavero y me alumbró, luego al suelo. Me pasó un dedo por la ropa manchada y se lo llevó a la boca. Entonces comenzó a reír–. No, no, qué va. Es mermelada de fresa, que se nos había cortado y parece que al ir a botarla esta tarde derramé un poco sin darme cuenta. Desde que se me rompieron las gafas veo menos que un topo.
Es verdad que ella siempre ha estado un poco cegata, pero me ha hecho pasar un susto tremendo, sobre todo porque se me acercó desgreñada y en bata de casa. Después de todo el alboroto que formé, resulta que solo me había tropezado con el Señor Gato, la mascota de nuestra vecina, que siempre viene a husmear por esta casa a la hora de la cena, lo que esta vez no encontró más que gritos y dulce podrido.
Tuve que lanzar una carcajada, por lo tonta que había sido; pero esa tempestuosa noche no pude evitar soñar con espíritus y demonios. Las gotas de lluvia golpeaban enfurecidas contra el cristal de mi ventana, la cual amarré con fuerzas para no mojarme. Sin embargo, desperté varias veces empapada en sudor, pues hizo un calor insoportable, y aún no había amanecido cuando estaba metida bajo la ducha, con la intención de espantar todas las malas vibras que giraban en torno a mí.
Dubbly también salió temprano, al parecer en busca de algún electricista. El agua fría me hizo bien, pero echaba de menos el vapor en el cuarto de baño. Nada, que me vestí, abrí el refrigerador y con un trozo de pan en la boca me puse a leer el periódico: aumenta el paro, sube el precio del petróleo, se incumple el plan de ventas en no sé dónde, atentado contra no sé quién. Todos son malas noticias en este pueblo fantasma… «Oh, parece que encontré algo bueno» –pensé.
Inauguran Centro Comercial en la esquina de 23 y Roble, justo aquí al doblar. Dentro de tantas cosas nefastas algo bueno, por fin. Ya mi armario necesita que lo actualicen, llevo usando la misma ropa desde hace dos años.
– He recorrido toda la ciudad en busca de ayuda y nada –escuché quejarse a Dubbly desde la acera–. Otro día más sin electricidad. ¿Lo soportaremos?
– Por mí está bien, le dije. Lo que sí me molesta es que el teléfono… –no pude terminar la idea, pues vi a mi compañera haciéndome gestos de que ya le había vuelto el tono.
Me puse tan feliz con la idea que enseguida telefoneé a Christian, mi novio. Llevaba días esperando hablar con él, pues me prometió que vendría próximamente a visitarnos y era necesario ultimar los detalles.
Disqué con prisa en el antiguo aparato y una larga sucesión de timbres sin respuesta me puso de mal humor. Volví a discar y nada. Retorcía el cable del teléfono entre mis dedos mientras pensaba en dónde podría estar metido a aquellas horas de la mañana. Hice un tercer intento antes de colgar definitivamente y, casi antes de volver a caerse la llamada, me salió al teléfono una chica con voz melosa.
– ¿Sí? ¿Quién habla?
Me había quedado de piedra y las palabras no me salían de la boca. ¿Quién era ella? ¿Y por qué estaba donde Christian? No entendía nada y la cabeza me empezaba a dar vueltas. Tenía el presentimiento de conocer aquella voz, pero no lograba identificarla. Luego oí que alguien la regañaba, era mi novio, estoy segura, y después de eso silencio. Al parecer habían colgado.
Un agudo grito me sacó de mi ensimismamiento. Acudí enseguida y me encontré a Dubbly en una esquina de la cocina, agazapada, temblando y con lágrimas en los ojos. Me acerqué a ella y al preguntarle qué había pasado solo atinó a señalarme con un dedo en dirección a la estufa.
hirviendoMe pareció raro verla encendida, pues cuando vine por el desayuno no lo estaba y aún era muy temprano como para que mi compañera empezara a hacer el almuerzo. Con sigilo me le acerqué. El caldero tenía puesta la tapa, la levanté y al asomarme pude ver una enorme masa blanca y peluda que hervía en su interior. Miré a mi amiga, extrañada, pero esta no podía ni hablar. ¿Qué era aquella cosa que se salcochaba a fuego lento?
Tomé un cucharón y, al revolver el contenido, vi que salían a flote dos ojos grandes y azules que me miraban con la misma desesperación que yo a ellos. Después de lanzar un alarido y tirar el cucharón al suelo, corrí a abrazar a Dubbly. ¿Quién rayos estaba cocinando al Señor Gato? Y, ¿ por qué?
La puerta de la terraza estaba cerrada y nadie parecía haber forzado la cerradura. Todo aquello era muy extraño. ¿Qué explicación le daríamos a nuestra vecina? No creería que accidentalmente su mascota cayó en nuestra olla, ¿por qué lo haría? ¿Por la golosina de una cebolla? Ni que fuera el ratoncito Pérez. Y no, esto no es momento para bromas.
– Dubbly, ¿llamamos a la policía? –sugerí. En ese momento hasta me había olvidado de mi novio.
– Ya, claro, ¿y qué decimos? –cuestionó entre sollozos. Y tenía razón, ¿qué íbamos a plantearle?
Me armé de valor y saqué al gato chamuscado de la olla, una vez apagado el fuego. Lo puse en una bolsa y lo saqué al patio. Pero allí encontré una sorpresa mucho más desagradable. Con letras bien grandes y de un color rojo sanguíneo, o más bien rufo, había un letrero que nos anunciaba: Esto es solo el comienzo.
Me acerqué para verlo mejor y no parecía ser el mismo dulce de fresas echado a perder, olía incluso peor. No entendía qué era lo que estaba sucediendo, todo parecía demasiado macabro, y sin sentido.
Nuestra vecina estaba asomada a la ventana y, olvidando que traía su gato en la bolsa, la saludé agitándola con fuerzas. Al percatarme, la bajé, y una gota de sudor frío recorrió mi frente. Ella me devolvió el saludo, y cerró las cortinas. Suspiré aliviada, al parecer no se percató de nada y, tras poner la bolsa en una esquina del patio, me dispuse a limpiar todo aquello antes de que Dubbly lo viera.
Cuando mi amiga salió ya había terminado, y le dije que me dejara a mí a cargo del almuerzo. Yo no tengo ni idea de la cocina, pero supongo que es lo menos que podía hacer. Miré lo que teníamos en el refrigerador, cogí un libro de recetas que teníamos en la alacena y después de ojearlo por largo rato me decidí. Haría un pato agridulce, pero con pollo. Me reí para mis adentros, a veces tengo demasiada confianza en mí misma. ¿Quién me dijo que aquello saldría bien?
Pero bueno, después de mucho esfuerzo estaba servida la mesa y nos disponíamos a probarlo. Dubbly recitó su acostumbrada oración mientras yo me mordía las uñas para no empezar a comer sin ella. Ella ora siempre antes de las comidas, y al acostarse, y cada domingo va a misa, es bastante devota por lo que he visto. Me alegra que sea ella mi compañera de habitación, y no otra con quien no me sienta tan a gusto.
Le di el honor a ella de probar mi creación y al ver la cara de espanto que puso después de dar el primer bocado me sentí derrotada. Yo también tuve que apurar un vaso de agua tras el primer mordisco, pues el sabor era desastroso. No entiendo qué había sucedido, estoy segura que seguí la receta al pie de la letra.
– ¿Qué le echaste a esto, Lucy? –preguntó ofendida–. ¿Acaso quieres matarnos? –y mientras hablaba su cara se iba hinchando. No podía creer lo que veían mis ojos–. ¿Qué ne caja? Guji, no cuejo haglar…
Dios, ¿qué le había hecho? Yo estaba perfectamente normal, pero Dubbly se desfiguraba cada vez más, y apenas podía pronunciar las palabras. Busqué enseguida su estuche de medicamentos, evidentemente se había intoxicado, pero ¿con qué?, si había usado las mismas especias de siempre. Me sentía tan culpable, y no fue hasta las dos horas de haberla inyectado que regresó a la normalidad.
– Ese pato, pollo o lo que sea, ¿tenía maní? –me dijo por fin.
– ¿Maní? –pregunté–. Sí, claro, y yo soy chef de cocina… Dubbly, ¿de dónde iba yo a sacar cacahuetes para echarle al dichoso pato?
– Es que, a ver, Lucy, yo soy alérgica a muchas cosas; pero es lo único que me provoca una reacción como esa. No le veo otra explicación. ¿Me puedes enseñar las especias que utilizaste?
Asentí con la cabeza y la llevé hasta la cocina. Ninguna de las dos había seguido comiendo después de aquel susto y los platos estaban casi intactos. Me dio lástima botarlos, pero ufff, estaba realmente malo.
Abrí la alacena y empecé a sacar uno por uno los frasquitos. Mientras los ponía sobre la meseta iba leyendo los cartelitos que los identificaban hasta llegar a uno que con solo pronunciar la primera sílaba hizo que el mundo me diera vueltas. Cianuro ponía.
El pomo cayó al suelo y rodó. Mi compañera lo tomó entre sus manos y me pidió que me calmara. Lo abrió, metió un dedo y probó. ¿Qué hacía? ¿Se había vuelto loca? ¿Acaso no sabe que eso es veneno? ¿Y que el veneno mata?
Entonces tuvo un espasmo, y otro, y comenzó a convulsionar. La vi tirada en el piso, y mis músculos no me respondían. Estaba petrificada por el miedo. La vi que comenzaba a echar espuma por la boca y al fin pude reaccionar. Me acerqué a ella para alzarla y llevármela a algún hospital, pero al sujetarla presionó con fuerza mi muñeca y con voz queda me dijo:
– Lucy… dile a mi madre que la quise mu…cho –y de pronto gritó–. ¡Tonta!
La solté enfadada.
– ¿Te estás riendo de mí?
– Bueno, después de que casi me mataras al mediodía quería vengarme –sentenció mientras se levantaba.
– Pero pudiste haberte envenenado, ¿estás loca?
– No, escucha. Ya sé lo que pasó aquí. Las etiquetas de los frascos están todas cambiadas. Ninguno contiene lo que dice, por eso las proporciones de tu pato pollo quedaron mal y sabía tan… tan asqueroso, vamos.
– Sí, gracias por lo que me toca. Pero, ¿cómo te diste cuenta?
– Lucy, yo cocino todos los días. Me conozco los pomitos de memoria, no necesito leer los carteles. Ese que pone cianuro es la sal, prueba.
Metí un dedo y efectivamente, era sal. Y así con el resto. El de pimienta negra contenía café, el de comino en realidad era de orégano y así sucesivamente, hasta que el que decía sal contenía en realidad azúcar. Fue entonces cuando todo se esclareció. El frasquito que supuestamente contendría el azúcar tenía un polvillo blanquecino que al probarlo comprendí que se trataba justamente de los dichosos cacahuetes que tanto mal le habían hecho a Dubbly, pero, cómo habían llegado hasta ahí era todo un misterio, casi más grande que el hecho de saber quién había cambiado las etiquetas.
monstruo fangoMiré a mi amiga, que me observaba con la misma expresión de desconcierto que yo a ella y, sumergidas ambas en nuestros pensamientos, no nos dimos cuenta de que alguien se aproximaba, hasta que lo tuvimos delante y se rompiera el silencio con los alaridos de Dubbly que, con los ojos fuera de órbita, reclamaba:
– ¿De dónde has salido? –y lanzándole una bolsa de harina a la cara añadió–. ¿Cómo diablos me encontraste, monstruo?

¿De quién crees que se trate?
Opción A: La casera
Opción B: El novio de Lucy
Opción C: La vecina del gato
Escríbenos tus comentarios con el posible personaje que irrumpió de pronto en las cocinas. Déjate ser un cuentacuentos del terror!!!

Acerca de Sakuramor

“¿Has amado alguna vez a alguien hasta sentir que ya no existes? ¿Hasta el punto en que ya no te importa lo que pase? ¿Hasta el punto de que estar con él es más que suficiente, cuando te mira y tu corazón se detiene por un instante? Yo sí…”

7 respuestas a “Amor letal”

    • Jajaja, y lo que le falta… tengo en mi cabeza casi una novela. Pero bueno, a lo mejor no lo siga en el blog, pues parece que no gustó mucho jeje.

  1. Pregunta:
    Si Dubbly «es bastante devota» como dijera Lucy … ¿cómo es que utiliza la palabra «diablos» para enfatizar su exasperación? … como que no le va bien, la hace parecer una Dubbly un poco hipócrita.

    • Qué bueno que te hayas percatado de eso. Estoy segura que a la vista de muchos pasó desapercibido. Y tienes razón, es un poco hipócrita, pero no quiero adelantar nada aún, jaja. Muy perspicaz de tu parte.

  2. Opción B: El novio de Lucy (que a su vez encarna el personaje de la Opción X)
    Opción X: Nuevo personaje.
    Persona que en el pasado Dubbly conoció y estableció con ella una relación vampiro (absorbía de ella todo su tiempo, dedicación y atención) y solo cuando enfermó y se vio obligada a modificar su rutina diaria cayó en cuenta de todos los cambios que había hecho en su vida y de lo mucho que la habían afectado a ella y el resto de las personas a su alrededor. Se dedica a tratar de rehacer su vida y enmendar los daños causados. Decide poner mucho espacio de por medio entre ella y esa persona imaginando que nunca más se verán. Reconoce que le preocupa la dependencia que llegó a tener de esa relación enfermiza.
    Pudiera tratarse de alguien que en el pasado se le acercó ofreciéndole amistad, siendo en el fondo una persona fría y calculadora que solo busca ganarse su confianza y ser su confidente para manipularla y obtener de ella lo que necesita … una mente donde plantar una macabra semilla.

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