Según los comentarios recibidos, la opción ganadora fue la segunda, donde Kaely debía renunciar al amor de Erick en función de salvar su relación de amistad con Dinah. A continuación les compartimos cómo termina nuestra historia. Esperamos que la disfruten.
(…)
« ¿Por qué?» –me pregunté en voz alta, pero el eco del silencio no fue capaz de responderme. O sí, tal vez lo hizo… no existía tal porqué.
Me enjugué las lágrimas y me eché un poco de agua en la cara. Estaba fría y me reanimó. Aunque mi corazón dolía, sabía perfectamente lo que tendría que hacer. Y como no se puede perder lo que nunca se tuvo, acepté de una vez que entre Erick y yo jamás había existido nada. Él era el novio de Dinah, y Dinah, por encima de todo, era mi mejor amiga.
Ese día regresé a casa muy tarde; pero mi madre no hizo preguntas. Tal vez le bastó con mirarme para comprender lo que me pasaba. Ella siempre ha sido muy intuitiva. Como no tenía apetito me acosté en la cama después de darme un baño caliente y, estaba envuelta en mi colcha, cuando sentí sonar el teléfono. Después de eso, unos toques llamaron a mi puerta.
– Pasa –dije con voz queda.
– Era Dinah –dijo mi madre–. Se le escuchaba preocupada, pero le dije que estabas bien, durmiendo. ¿Hice lo correcto?
– Sí, gracias, no tengo deseos de hablar con nadie ahora –contesté y le di la espalda para disimular una lágrima.
– Te dejo esta taza de chocolate sobre la mesita, dicen los que más saben que es bueno para el corazón.
Y sin pronunciar una palabra más salió del cuarto.
« ¿Bueno para el corazón?» –Reflexioné–. «Puede ser. Cualquier cosa puede serlo, menos Erick. Pero no debo pensar más en él. Y sí, me vendrá bien el chocolate, tal vez ciertamente produzca endorfina y me sienta eventualmente mejor.» –y, envuelta en mis cavilaciones, me quedé dormida antes de darme cuenta.
Al día siguiente amanecí ardiendo en fiebre. Apenas me podía levantar de la cama. Con solo alzar la cabeza de la almohada el mundo me daba vueltas. Nunca me había sentido tan enferma. Llamé a mi madre con la voz apagada y percibí que mi garganta estaba hinchada, tal vez de haberme pasado la noche conteniendo el llanto para no despertarla. Mire la taza vacía y pensé que el chocolate solo me había hecho sentir peor.
« El único remedio para el amor es no enamorarse nunca» –me dije.
Pasé varios días con los mismos síntomas y, a pesar de que mi amiga fue varias veces a visitarme, le había pedido a mi madre que no la dejara pasar. Aún no estaba lista para hacerle frente. Sin embargo, la muy pilla se me coló por la ventana en un descuido. Me sorprendió verla en la cornisa y haciéndome señas para que levantara el cristal, que desde fuera le resultaba imposible. Ver lo mucho que se preocupaba por mí hizo que mi corazón herido poco a poco fuera sanando. Los amigos son la familia que elegimos, o eso dicen por ahí. Yo, sin dudas, había elegido muy bien, y me sentía orgullosa de eso.
– ¡Kaely, te tengo un notición! –Me espetó con los ojos fuera de órbita, cuando estuvo por fin sentada en mi cama–. ¡No me lo vas a creer!
La miré incrédula, incitándola a seguir, pero al parecer esperaba que intentara adivinar, pues mantenía el suspenso sin siquiera parpadear.
– ¿Es sobre Erick? –dije sin pensar.
– No, ni sé quién es Erick. Es sobre Enrique, mi novio.
Es cierto que no sabía que eran la misma persona, pero ¿debía decírselo? No, mejor no, ya mi felicidad estaba rota, ¿para qué arruinar la suya? Y entonces continuó.
– Descubrí algo imperdonable… –otra vez suspenso–. Está saliendo con otra chica. –Abrí los ojos como platos y mi corazón comenzó a bombear con mucha fuerza. –Los vieron juntos en el Café hace casi dos semanas y, según me dijeron, él ha estado frecuentando la biblioteca. Tú vas mucho ahí, es raro que no lo hayas visto antes, pero piensa. ¿Qué otras chicas has visto que pudieran merodearlo? Dime Kaely, tengo que saber quién es y tú eres la única que puede ayudarme…
Se escuchaba desesperada, y yo no lo podía creer. Había llegado hasta sus oídos el rumor, ese terrible rumor que pretendía esconderle. ¿Cómo iba a salir de este embrollo? Y, ¿por qué me sentía tan culpable? Debía contarle toda la verdad, pero ¿cómo? ¿Me creería? ¿Me entendería? No sabía qué hacer, estaba en un callejón sin salida, y otra vez todo comenzó a darme vueltas en la cabeza, como un torbellino, hasta que perdí el conocimiento.
Cuando abrí nuevamente los ojos vi a mi madre que me miraba fijamente, mientras Dinah sujetaba mi mano derecha con fuerzas, y el silencio ensordecedor rechinaba en mis oídos. Hubiese sido capaz en aquel momento de escuchar hasta el zumbido de una mosca. Miraba a una, y luego a la otra, pero ninguna de las dos se atrevía a articular palabra, lo cual me pareció bien raro. Entonces desvié un poco la vista y lo vi, frente a mí, erguido y soberbio, como un caballerito salido de cuentos: Enrique, príncipe de Traumwelt.
Apreté mis ojos con fuerza y cuando los volví a abrir ambos se habían desdibujado, siendo mi madre quien sostenía mi mano, sin dejar de mirarme con insistencia. Afortunadamente había sido solo un espejismo, pero mi rostro reflejaba un fuerte sobresalto. Suspiré aliviada y le dije que todo estaba bien, que al parecer me había dado un vahído producto de la fiebre, pero que me encontraba mejor. Ella apoyó sus labios sobre mi frente y, sin decir nada, salió del cuarto; no sin antes cerrar la ventana que estaba ligeramente abierta.
Al intentar acomodarme encontré debajo de las sábanas un papelito doblado, con la letra de mi amiga. No todo había sido una alucinación después de todo. Lo leí más de dos veces y un nudo se me hizo en la garganta.
Que te mejores, Kaely, perdóname por preocuparte con mis cosas, pero eres mi única amiga. Y te juro que voy a descubrir quién era esa ofrecida roba novios, no pararé hasta encontrarla y enseñarle a no tocar lo ajeno. Un beso, D.
Yo era esa ofrecida, esa roba novios, que se había enamorado de la misma persona que su mejor amiga, pero que no había sido de forma intencional. Evidentemente tenía que hacer algo al respecto, debía salvar aquella relación. Con que una de las dos sufriera era más que suficiente.
Me levanté de un brinco y, a pesar de que me tambaleaba un poco, conseguí llegar mi closet y agarrar la primera pieza que encontré. Me vestí en un santiamén y salí corriendo a la calle. Sentí la mirada de mi madre sobre la nuca, pero no volteé a verla. Estoy segura de que, por mucho instinto materno que tuviera, había cosas que se le escapaban y yo no tenía mucho tiempo de aclarárselas.
Llegué a la biblioteca y pregunté a Andrés por Erick, sin mencionar nombre alguno, claro. Me dijo que había pasado muy temprano hacía dos días y desde entonces no lo había vuelto a ver. Yo me sentía cansada, y varias gotas de sudor corrían por mi frente, pero debía seguir buscando. Además, el ambiente se sentía cargado y había una energía que ejercía una extraña fuerza sobre mí, como si dirigiera de alguna forma mis pasos. Y de pronto estaba ahí, una vez más frente al librero en el que había comenzado todo.
“El Alquimista” resaltaba entre los demás libros y me elevé de puntillas para alcanzarlo. No me preocupé esta vez por el hecho de si desparramaba o no los otros por el suelo. Comprendí que no podía depender siempre de aquel banquillo, que sencillamente había llegado el momento de alcanzar las cosas con mi propia fuerza, sin importar que me elevara apenas un metro con cuarenta centímetros del suelo que pisaba.
Tenerlo entonces entre mis manos me hizo pensar que sería capaz de lograr todo lo que me propusiera en la vida y, en un impulso, lo comencé a hojear a toda velocidad, como si buscara algo entre sus páginas, sin saber muy bien qué, hasta que encontré una frase señalada con marcador fluorescente: Yo te amo porque todo el universo conspiró para que llegara hasta ti…
No pude evitar sentir un estremecimiento y cerré el libro de un tirón. Miré a todas partes y comprendí que seguía sola. La biblioteca estaba más vacía que de costumbre, pero el ambiente seguía siendo pesado. Sí, puede ser que el universo conspirara para que nos hubiésemos encontrado, pero pertenecemos a historias diferentes que no se pueden mezclar. Y supe justo en ese instante qué debía hacer para reparar la situación.
Telefoneé a mi amiga y le propuse encontrarnos en el Café, a lo cual accedió sin muchos pretextos. Me encargué de dejar también una nota con Andrés para Enrique, citándolo al mismo lugar y, una vez que estuvimos los tres juntos, comencé a hablar.
– Dinah, sé que estabas preocupada, y aunque no pensaba contarte creo que ha llegado el momento de que sepas toda la verdad.
Ambos me miraron, y sentí que Erick palidecía. Desde aquel día no nos habíamos vuelto a ver y la decepción que me provocaron sus acciones poco a poco fue borrando las huellas del amor que alguna vez comencé a sentir por él. Tragué saliva con dificultad y me esforcé en sonar convincente, además de fluida y ecuánime, lo cual no era tarea sencilla para lo que estaba a punto de decir.
– Amiga, primero debo pedirte perdón… –hice una pausa–, y tú, Enrique deberías hacer lo mismo, porque fuimos malos escondiéndolo, admítelo.
– Esto, Dinah, yo… –fue a decir, pero no le di chance, si hablaba lo más mínimo arruinaría mi plan.
– Espera Enrique, déjame a mí. Sé que no querías arruinar la sorpresa porque te ha costado mucho, pero no hay salida. Ya Dinah se está haciendo ideas equivocadas y es necesario que lo sepa todo para que pueda estar tranquila –me miró desconcertado, como si no comprendiera mis palabras, y ni yo sabía qué estaba diciendo, pero continué–. La chica con la que Enrique se estaba viendo era conmigo, pero no es nada de lo que te contaron –el rostro de mi amiga se transformó–. Con motivo de tu cumpleaños estábamos preparándote algo bien especial, y nadie conoce mejor tus gustos que yo, así que estaba apoyando a Enrique en los preparativos. Todos esos rumores que te llegaron son pura blasfemia.
– ¿Eso es verdad, Enrique? –dijo Dinah, volteándose hacia el príncipe.
– Sí –apenas susurró él, sin atreverse a mirarla a los ojos.
– ¿Y por qué no me habían dicho que se conocían? –cuestionó incrédula.
– Porque empezarías a sospechar, y en realidad queríamos sorprenderte –atiné a contestar. Me aclaré un poco la voz y añadí–: Una vez que hemos desentrañado este malentendido, me retiro. Y que disfruten de la vista maravillosa de nuestro valle que, desde este privado, es posible contemplar. El lugar perfecto para dos enamorados…
Y mientras hablaba me fui alejando de ellos, no quería ver como Dinah se le aferraba con fuerzas al hombre que alguna vez tanto quise. Cerré la puerta a mis espaldas, pero al empezar a bajar las escaleras me percaté de que alguien la abría desde dentro. Me volteé, pensando que era mi amiga, pero me topé de bruces con el encantador rostro de Erick, quien se dirigía hacia mí.
– Me gustaría que me dejaras ofrecerte una explicación. La mereces –dijo.
– No la necesito, así que está bien. No quiero siquiera intentar entenderte, ya que nada duele más que darse cuenta de que esa persona a la que creías especial y única es exactamente igual a todas las demás. –Erick bajó la mirada–. Solo te advierto una cosa: no la hagas llorar o te las verás conmigo.
Me di vuelta y corrí escaleras abajo, dejándolo con la palabra en la boca.
Estaba de regreso en la biblioteca. Al entrar vi un cartel sobre el buró que anunciaba “Vuelvo en 10 minutos”, pero no tenía idea de hacía cuántos exactamente lo habrían puesto allí. Me quedé largo rato esperando a Andrés, sin moverme ni un centímetro, pero no aparecía, y ya me disponía a marcharme cuando de la nada apareció un muchachito poco más alto que yo, de cabellos revueltos y mirada taciturna.
– ¿Buscabas a mi padre?
– Sí, bueno… es que quería solicitar un libro y…
– ¿Este libro? –dijo tendiéndomelo. Lo tomé en mis manos y leí que ponía en letras bien grandes “El Alquimista”, lo cual me desconcertó.
– Dime, ¿llegaste a la parte donde decía que “a partir de aquel día, el desierto sería solamente una cosa: la esperanza de su retorno”?
– Sí, claro. Me faltaban muy pocas páginas para terminarlo.
– Pues bien, eso ha sido este libro para mí. La esperanza de que volvieras y así tener una nueva oportunidad de verte.
Me quedé petrificada al escuchar aquellas palabras. Jamás había visto a aquel sujeto en mi vida y estaba segura de que no me conocía de nada, pero en ese momento se alzó la revuelta cabellera y la ató en un pequeño moño. No fue hasta ese momento que lo reconocí.
– ¿Efrén?
– Sí, claro, ¿quién creías que era? –preguntó estallando en una carcajada.
– Lo siento, no te había identificado bien, yo…
– No te preocupes, no tienes que darme explicaciones. Soy un chico sin presencia, jajaja, pero estoy dispuesto a terminar este libro contigo. Si me lo permites, claro.
– Yo… –no sabía qué contestar.
– Kaely, discúlpame si sueno atrevido, pero me gustas desde siempre, y aunque ahora mismo no sea la persona que te ayude a recomponer tu destrozado corazón, prometo ser al menos alguien que no ocasione en él nuevas heridas. –Me conocía más de lo que habría imaginado, pero en lugar de sentirme incómoda, experimenté una extraña sensación de quietud interior–. ¿Qué me dices? ¿Aceptas?
Y fue entonces que me percaté que por el bolsillo de su camisa asomaba un marcador fluorescente. Recuerdo que en ese instante solo sonreí, y volteé a mirar hacia la calle. La brisa envolvía las hojas caídas en torbellinos de polvo, y el sol brillaba con fuerza. Tal vez no estaba lista aún para volver a enamorarme, pero seguramente sí que lo estaba para dejarme ser amada.
Glosario:
*Traumwelt: esta palabra ha sido compuesta por dos vocablos alemanes, «traum» que significa «sueño» y «welt» que significa «mundo», de ahí que la traducción sea algo semejante a «mundo de los sueños». Luego, Enrique, soberano de Traumwelt, será entendido como el príncipe del mundo de los sueños.




Siempre la amistad verdadera por encima del amor.
Eres la mejor Sakuramor.
Gracias, me alegro que te haya gustado el final que le di. Saludos!!!