La alquimia del amor

Según tenía entendido, la alquimia es una práctica que permitía convertir diversos metales en oro y, más allá de esto, un proceso para la consecución de una piedra filosofal que incrementara tus habilidades humanas de manera que pudieras no solo transmutar metales, sino lograr la vida eterna. Para ello, los alquimistas debían trocar su propia alma antes de llevar a cabo dichas transformaciones, sometiéndose a una purificación de espíritu mediante oración y ayuno. amor...Sin embargo, recientemente descubrí que existe una fuerza más poderosa que la alquimia para trastocar las cosas y darle sentido a la vida; una fuerza que, sin importar lo débil que seas, te permitirá realizar hazañas de las que incluso tú terminarás sorprendido; una fuerza que, sin importar lo mucho que huyas, siempre te alcanzará. Esa fuerza se denomina “amor”.

     Sakura

(…)

– Buenos días, Kaely –me dijo sonriente el bibliotecario.

– Buenos días –devolví el saludo–. ¿Cómo ha estado?

– No tan bien como tú, que luces radiante, pero ahí voy. Muchos papeles que llenar hoy. –Me tuteaba como si me conociera de toda la vida, a pesar de que llevaba solo una semana de trabajo. No obstante, yo mantuve mi vocabulario formal, pues considero que es la manera apropiada para dirigirse a las personas mayores que uno, y este señor me superaba en al menos 20 años.

– Uf, me imagino. Solo venía a devolver este libro y a pedir alguna sugerencia. Es que me parece haberme leído ya toda la biblioteca –dije estallando en una carcajada.

– Sí que es pequeña, sí –contestó él, riendo también–; pero justo ayer recibimos una donación de libros. Tal vez encuentres ahí alguno que te interese.

Me indicó la sección de las novedades y hacia allá me encaminé. A pesar de mi juventud he leído mucho, pero no tanto como me hubiese gustado. En este pequeño pueblo el acceso a los libros se limita un poco, pues estamos lejos de todo, y estuve a punto de pensar que pronto empezaría a repetir autores con tal de deslizar mis ojos sobre alguna página.

Encontré un cartel gigante que ponía los títulos y sus autores, pero preferí acercarme directamente al estante e irlos examinando con mis propios ojos. Fui deslizando mis dedos uno por uno, hasta detenerme en un ejemplar que ponía en letras bien grandes “El Alquimista”. Podía tocarlo, pero se encontraba tan alto para mi pequeño tamaño que un descuido de mi parte y terminaría desparramando todos los que estaban junto a él. Miré en derredor y localicé enseguida el pequeño banquillo que utilizaba para ayudarme en aquellos casos. Lo así hacia mí y me encaramé de un pequeño salto.

El punto más alto del librero aún sobrepasaba mi cabeza y no pude evitar reírme de mí misma. ¿Cómo podía ser tan pequeña? Aunque eso no me acomplejaba, sí que me hacía un poco más difícil la vida, pues no puedes hacer grandes cosas si mides solo 1.40 m, o eso creía yo. A pesar de lo mucho que había leído a mis 19 años, seguía teniendo aquellos pensamientos infantiles.

Pero ya estaba ahí, unos 15 cm más alta gracias al banquillo, justo lo necesario para alcanzar el libro de Coelho que tanto había despertado mi interés; pero al sujetar el libro sentí que alguien luchaba por él desde el otro lado del librero. Puse todas mis fuerzas para impedir que me lo arrancaran de la mano, pero fue inútil. Un espacio vacío quedó en el estante. chica libroA un lado de este podía verse mi cara anonadada, como la de un niño que ha perdido su chupete, y del otro lado un alto y apuesto joven que me miraba incrédulo, con mi tesoro en sus manos.

– Perdona, es que no te había visto –dijo, dirigiéndose a mí y por primera vez me sentí ridícula de mi tamaño–. ¿Tú también querías este libro? –preguntó.

– Sí, pero no importa. Te lo puedes quedar –respondí bajándome del banquillo y dándole la vuelta al anaquel hasta llegar junto a él–. Me lo leeré en otro momento, cuando termines tal vez.

– Iba a sugerir que lo leyéramos juntos, pero no sé qué opinas tú.

Me pareció un poco atrevida su propuesta, pero estaba ansiando leerlo, así que acepté sin titubear. Buscamos una mesa que estuviera vacía y no fue difícil encontrarla, las personas no son muy asiduas a las bibliotecas. Muchas van de compras a los supermercados, las boutiques y las grandes tiendas de especialización, siendo capaces hasta de vender un pedazo de alma por la oportunidad de portar el último diseño o la marca del momento; sin embargo, son pocos los que aprecian el valor de los libros, que confortan y redimen como ninguna otra cosa en el mundo.

juntosAl parecer este chico era diferente, aun cuando venía vestido como todo un caballerito salido de cuentos. Seguramente pertenecía a la clase más noble y, a pesar de eso, destilaba humildad por cada poro de su cuerpo. Tenía una mirada apacible, y una cálida sonrisa que de tanto en tanto compartía conmigo. Me sentía extraña al verlo a los ojos, como si algo se agitara dentro de mí.

“El alquimista cogió un libro que alguien de la caravana había traído –comenzamos a leer, y fue así como inició nuestra aventura–. El volumen no tenía tapas, pero consiguió identificar a su autor: Oscar Wilde”.

Se detuvo un momento en la lectura para voltearse hacia mí y decirme:

– Oscar Wilde, ese que decía aquello de “¿cómo vas a ser feliz con alguien que te trata como a una persona normal?”. Este tipo sí que sabe, jajaja –y carcajeó muy fuerte, aunque yo seguía sin entender a qué venía aquello.

Me contagié con su risa y, al poco rato, volvimos a leer. La frase se quedó dando vueltas en mi cabeza, como si no encontrara un lugar dónde encajar. No sé por qué la había dicho, pero no iba a quedar como una tonta preguntándole, así que me callé y olvidé el asunto.

No sé si él leía despacio o me tenía contado el tiempo, pero apenas le daba alguna señal de que había terminado el último párrafo, pasaba a la siguiente página. Sujetaba el libro con su mano izquierda y en varias ocasiones debía acercarme para ver mejor las letras. Cada vez que lo hacía, el perfume de sus cabellos llegaba hasta mi nariz y me hacía estremecer. Me alejaba de nuevo, ruborizada, pero él no se daba ni por enterado, lo cual agradecí mucho.

Al terminar las primeras veinte páginas cerró las tapas y me dijo:

– Continuamos mañana, ¿estás de acuerdo?

– Podría seguir leyendo –le contesté apenas.

– Es que justo ahora tengo un compromiso, pero mañana nos encontraremos aquí, a la misma hora. Te prometo que vendré, y un rey nunca falta a su palabra.

– Un rey dice, jajaja –no pude evitar reírme–. Bueno, su majestad, hasta mañana.

Él me tomó una mano, hizo una reverencia y, antes de que me diera cuenta, la estaba besando, con una de sus rodillas apoyadas en el suelo. Arrancó el clavel que llevaba en su solapa y, al levantarse, lo puso entre mi pelo, regalándome una vez más esa adorable sonrisa suya.

– Hasta mañana, mi reina…

Esa noche no hice más que dar vueltas en la cama pensando en el asunto. «Esas cosas no pasan en la vida real» –me dije, pero me estaba pasando. No era un sueño. Estaba teniendo de alguna manera mi propio cuento de hadas. Y esa noche soñé con él, que me llevaba a lomos de su corcel a conocer el mundo y, entre aventura y aventura, el sol iluminó mis mejillas henchidas de felicidad, recibiendo el nuevo día. Tenía que contárselo ya mismo a mi amiga Dinah.

Telefoneé a su casa y después de algunos timbres su madre contestó. Le pedí hablar con mi amiga y me sugirió llamar después de las dos, pues era cuando regresaba de la casa de los padres del chico con el que hacía dos semanas se había comprometido. Me sentí un poco celosa, pues desde que estaba con aquel muchacho no tenía mucho tiempo para mí, pero también me sentí feliz de que su relación fuera bien. No obstante, comprendí al poco rato que si la volvía a llamar me retrasaría en mi cita con… en ese momento reparé en que ni siquiera sabía el nombre de mi encantador (des)conocido, pero me dio igual. Justo a esa hora me encontraría de nuevo con él, y nada podía interferir.

Al llegar a la biblioteca eché una ojeada, pero no pude verlo. Entonces me acerqué hasta el mostrador para preguntarle a Andrés, el bibliotecario. Él se limitó a entregarme un pequeño sobre y una rosa muy hermosa. Lo abrí con prisas y leí la nota de mi hombre de ensueño, escrita con una caligrafía sencilla y perfecta. Todo en él era maravilloso.

lindo chico“Mi reina:

     Llegué un poco antes y me tomé el atrevimiento de reservar una mesa en el Café de la esquina. A primera vista parece un lugar vulgar, pero prometo que mi sorpresa te robará una sonrisa. Que mi beso roce apenas tu rostro, como una suave caricia… no tardes.

                                 Tuyo, Erick”

« ¡Qué dulce, qué…!» –no encontraba palabras para describir aquello. Pero con los cachetes inyectados en rubor me dirigí a su encuentro, no sin antes dar las gracias al bibliotecario y disfrutar el agradable aroma de la flor que me había dejado junto al mensaje.

Erick, que así descubrí que se llamaba, me esperaba a la entrada del Café y con un gesto de su mano me convidó a pasar. Al darle la espalda me vendó los ojos, lo cual hizo que me asustara un poco, pero lo sentí acercar su rostro al mío y decirme al oído con voz muy suave:

– Tranquila, es para no arruinar la sorpresa. Déjate llevar y confía en mí…

Al destaparlos pude ver que habíamos subido al privado del Café, un lugar desde el cual se podía disfrutar la hermosa vista de nuestro valle. Un riachuelo corría sereno entre las flores silvestres hasta caer formando un pequeño salto de agua, cerca del bosque de pinos. Nunca imaginé que este pueblucho apartado contara con tan hermosos recursos. Y me quedé embobada mirándolo mientras él, a una distancia prudencial, me hablaba.

– No podía dejar de compartir este regalo de la naturaleza contigo. ¿A que es lo más sublime que has visto en tu vida? Claro, después de tus ojos –y tosió tras decir aquello, como si por un segundo se retractara de haberlo mencionado, o como si pensara haber sonado demasiado cursi–. Lo que quiero decir es que pienso que es el lugar ideal para seguir con la historia que justo ayer comenzamos. Así que dime, mi reina, ¿me acompañas una vez más en esta aventura?

– Por supuesto –dije sin pensarlo dos veces.

A su lado el tiempo parecía detenerse, y en ese momento solo existíamos él y yo, el resto del mundo sobraba para mí. Y aunque me adentrara mucho en la lectura, me era imposible ignorar los mensajes que a cada rato mandaba mi corazón en aquel código morse, latidos que solo dos amantes podrían comprender.

Los días pasaban, y El Alquimista estaba llegando a su fin. Sentí entonces un miedo terrible. Miedo de no volver a verlo después la última página, de no sentir nunca más ese perfume que dominaba mis sentidos, de no escuchar de nuevo su voz… tenía miedo de que, como mismo regresara el libro a su viejo anaquel, me convirtiera yo en parte de un pasado que nunca se atreviera a desempolvar. Y ese miedo fue lo que me hizo darme cuenta de que me había enamorado, por primera vez. Y recordando una vez más a Wilde, comprendí que a su lado sí podría ser feliz: nunca me había tratado como a una persona normal.

Ya le había contado algunas cosas a Dinah, y ella me aconsejaba. Me decía lo que le funcionaba a ella con su prometido, pero yo no le hacía mucho caso. Erick no era mi novio, y aunque quería conquistarlo me negaba a utilizar los trucos de mi amiga. Quería que todo lo que le entregara a él fuera totalmente genuino y nacido de mi corazón, sin fingimientos ni algoritmos preestablecidos. Yo no soy una cazadora de hombres, yo soy una enamorada del amor.

Pero no sabía si mis sentimientos hacía él eran correspondidos, pues más allá de que todos nuestros encuentros parecieran siempre una cita romántica, nunca me hizo ninguna proposición, y yo no quería malinterpretar su cortesía. ¿Quién sabe si era así con todas las mujeres? Tal vez me había hecho demasiadas ilusiones. No podía actuar sin pensar, pero tampoco quería pensar demasiado. Debía ser lanzada, sin parecer liviana; cariñosa, sin parecer abrumadora; y fuerte, sin parecer dominante. La línea entre una cosa y otra era demasiado delgada. Y entonces a mi amiga se le alumbró el bombillo.

– Mira, Kaely, me lo presentas y con un vistazo te digo qué siente por ti.

– Dinah, por favor, ni que fueras un oráculo –dije sin disimular mi carcajada.

– Tú ríete, pero lo digo en serio. Cuando un hombre está enamorado no lo sabe esconder.

– ¿Eso crees? No sé, él es un tipo de hombre que se ajusta poco a la media de este pueblo.

– Sí, pero yo tengo ya una larga lista de la que no me gusta hablar. Tú sabes de libros, yo de hombres, y por lo que me has dicho… sí, claro que conozco personas así. Te aseguro que me bastará una mirada para decirte de él hasta el último de los detalles.

Y todavía mi mamá se pregunta cómo somos tan amigas siendo tan diferentes. Pues justo por eso. Lo que a una le falta a la otra le sobra, y así nos sopesamos.

Quedamos entonces en que la llevaría conmigo a la biblioteca esa misma tarde. No me podía aguantar, pero el tiempo pasaba despacio, como si se negara a avanzar. No habían dado todavía las 14 campanadas de la iglesia cuando salí corriendo y detrás de mí Dinah, pidiéndome una y otra vez que disminuyera la velocidad. Me paré en seco cuando me percaté de que no quería sudarme antes de llegar, habría sido en vano el baño que recién me había dado. Quería estar radiante, como solía decirme Andrés.

Entramos a la biblioteca y me dirigí a una de las mesas más cercanas a la entrada, de modo que pudiera verme Erick en cuanto hiciera su arribo.esperando Pero el tiempo pasaba y él no aparecía. Dieron 15 las campanadas y en un suspiro dejé escapar un pedazo de alma. Al parecer no vendría, lo cual me resultó raro, pues nunca se había ausentado y siempre prometía volver, con su marcada frase de “un rey nunca falta a su palabra”. ¿Qué le habría pasado?

Me levanté y me dirigí al baño. Dinah se quedó esperándome en la mesa. Le dije que me diera solo un segundo y la recompensaría por la infecunda espera. La ventanilla del baño daba a la calle, cosa que nunca podré entender, aunque en ese momento lo agradecí pues vi que mi príncipe, mi rey, se acercaba presuroso con un pequeño ramillete de hermosas flores. Salí corriendo del baño y, con las prisas, me tropecé con un montón de libros que tuve que volver a apilar, después de ofrecer incontables veces disculpas al bibliotecario.

Pero la sonrisa se me congeló en los labios cuando, al llegar a la entrada, vi a Dinah que besaba a mi Erick en los labios. ¿Qué broma de mal gusto era aquella? Él intentó aparatarla brusco al percatarse de que yo los observaba y ella se volteó hacía mí, entre sonrisas.

– Mira, Kaely, ¡qué coincidencia! Este es Enrique, mi novio. El príncipe de Traumwelt.

Tragué saliva con dificultad e hice una reverencia a modo de saludo. ¿Príncipe? ¿Pertenecía en realidad a la nobleza? Ahora las cosas comenzaban a encajarme. Farfullé una excusa para salir de ahí y, sin mirar más a Erick, ahora Enrique, me despedí de mi amiga.

Mientras me alejaba el mundo me daba vueltas en la cabeza y, antes de darme cuenta, estaba corriendo, corría sin dirección aparente y el viento lo tenía en contra, pero no podía detenerme. Las lágrimas me empañaban la vista y escurrirlas era en vano, pues acudían de nuevo a mis ojos. Aun así, puse mayor empeño en la carrera, hasta que llegué al valle, y me dejé caer vencida junto al arrollo, que reflejaba mi desconcertado rostro en sus apacibles aguas. Si tan solo pudiera desaparecer en él, como Narciso…

portadaHabía sido una ingenua. Me había dejado ilusionar con las palabras de un idiota de revista. Me sentía como la Cenicienta cuando se rompió su hechizo a media noche, pero sin tener a dónde regresar. « ¿Por qué?» –me pregunté en voz alta, pero el eco del silencio no fue capaz de responderme. O sí, tal vez lo hizo… no existía tal porqué.

¿Qué crees que debería hacer Kaely en esta situación? Déjanos en un comentario la opción que más te guste y descubre cómo termina su historia la próxima semana.

Opción A: Dejarse llevar por la desazón de su alma y cobrar venganza de Erick.

Opción B: Renunciar a su amor por Erick y fingir que nunca sucedió nada entre ellos, salvando así su amistad con Dinah.

Opción C: Luchar por el amor de Enrique, aunque esto conllevara irremediablemente a perder la amistad de Dinah para siempre

 

Acerca de Sakuramor

“¿Has amado alguna vez a alguien hasta sentir que ya no existes? ¿Hasta el punto en que ya no te importa lo que pase? ¿Hasta el punto de que estar con él es más que suficiente, cuando te mira y tu corazón se detiene por un instante? Yo sí…”

2 respuestas a “La alquimia del amor”

  1. Bueno, en una situación difícil como esta se debería tomar la mejor desición posible, pero creo que me quedo con la Opción B, el AMOR es algo que no deberíamos renunciar jamás, pero si está de por medio una hermosa amistad creo que vale la pena el sacrificio, esa es mi opinión.

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