Una vez hecho el recuento de los votos recibidos a través de los comentarios, la opción ganadora fue la A). Por tal motivo, a petición del público de El Cuentacuentos, nuestra historia de La tonta enamorada continúa así:
(…)
Andro se sintió confundido, inseguro, asustado, y en un impulso de cobardía salió del aula dando un portazo, no sin antes rezongar:
– Estás loca, ya me cansé de tus jueguitos.
Todas las miradas recayeron sobre Molly, quien temblaba de la cabeza a los pies. El corazón le latía a mil por hora y, aunque en su sano juicio nunca hubiese corrido detrás de nadie, había perdido la cordura justo el día en que aceptó que amaba a aquel extraño chico, al cual comprendía cada vez menos. Nunca había sentido algo así por nadie y, aun cuando podía escuchar a sus compañeros murmurando a sus espaldas, y a más de uno lanzar una risita en tono de burla, no podía renunciar a aquello tan fuerte que hacía que su pecho ardiera, sin importar los comentarios.
Para sorpresa de todos Molly se quitó las gafas, secó sus lágrimas y salió corriendo del aula. Recorrió todos los pasillos intentando encontrar a Andro, preguntó a profesores, a estudiantes, fue hasta el taquillero; pero no lo encontró en ninguna parte.
Corrió veloz hasta la salida de la escuela y, bajaba las escaleras cuando lo vio subirse al autobús. Quiso gritarle, pero la voz no le salió de la garganta. En lugar de eso aceleró la marcha y apenas pudo acercarse al bus y golpear la última ventana, la cual daba al asiento en el que iba recostado el chico, quien se volteó sobresaltado por los golpes para toparse con su rostro lleno de lágrimas, el cual se iba desdibujando poco a poco en la distancia, a medida que el bus avanzaba.
La atravesó con una fría mirada y, sin manifestar un ápice de consideración, le dio la espalda. Molly quedó allí, parada en la acera, contemplando entre sollozos cómo se alejaba lentamente ese a quien tanto amaba, mientras su corazón se quebraba en pedazos.
Se sentó en la acera y lloró desconsoladamente. ¿Cómo había cambiado tanto de parecer? No encontraba ninguna explicación lógica para aquello, y mientras más reparaba en lo ocurrido más lágrimas acudían a sus ojos. Las personas que pasaba seguían de largo, sin prestarle la menor atención, así que, cuando se sintió totalmente desahogada, se puso nuevamente en pie y se dirigió hacia los lavabos de su colegio.
Tenía la cara manchada por el llanto y, sin gafas, al mirar su reflejo se sintió extraña. Tenía el pelo pegado a la frente producto del sudor de la carrera y, al enjuagarse el rostro, se encargó cuidadosamente de acomodarse también el peinado. La chica del espejo le devolvía una taciturna mirada, ella intentó sonreír, sin mucho esfuerzo.
«Todo pasa por una razón» –se dijo, y la chica del espejo también sonrió.
Escuchó entonces dos voces que le sonaron conocidas, por lo que se ocultó en uno de los excusados.
Al parecer solo venían a retocarse el maquillaje, pues se habían quedado cerca de los lavamanos y, desde allí, las escuchó comentar de forma desagradable acerca suyo.
– ¡Qué tonta la Chica Gafas, ¿no?! Tremendo espectáculo.
– Sí, hombre. ¿Cómo se le ocurre pensar que un chico como él pudiera fijarse en una tonta como ella?
– Sí, una tonta, eso es lo que soy. –Las dos muchachas se quedaron boquiabiertas al verla salir frente a ellas–. Soy una tonta enamorada, ¿acaso saben ustedes lo que es eso?
Y sin esperan una respuesta salió del baño.
Todos se habían ido ya del aula y, por fortuna, sus libros estaban a salvo. Uno a uno los fue recogiendo y haciendo una pequeña pila. Comenzaba a dolerle la cabeza de tanto fijar la vista, así que otra vez se puso sus enormes gafas, y fue así como se dio cuenta que las cosas de Andro también se habían quedado en el aula.
Se asomó al pasillo y, una vez segura de que no venía nadie, cerró la puerta y comenzó a husmear. No era una muchacha chismosa, pero quería encontrar una respuesta o un indicio de algo que justificara la actitud de aquel indescifrable sujeto. Buscó y rebuscó, pero más allá de sus notas de clases solo encontró un libro que ponía en letras bien grandes “El Diario de Noah”.
Nunca había leído a Nicholas Sparks, pero bastó una ojeada al primer párrafo para que ya no pudiera desprenderse. ¿Qué magia tenían aquellas palabras? ¿Qué extraño sortilegio la envolvía? Y tuvo que enjugarse una lágrima, otra, cuando leyó estas líneas…
“¿Has amado alguna vez a alguien hasta sentir que ya no existes? ¿Hasta el punto en que ya no te importa lo que pase? ¿Hasta el punto de que estar con él es más que suficiente, cuando te mira y tu corazón se detiene por un instante? Yo sí…”
Y ella también, ella también amaba a Andro de aquella manera aparentemente absurda, pero él no sentía lo mismo, tal vez nunca había sentido nada y el juego que él había comenzado se le había ido de las manos, intentando culparla ahora, eludir su responsabilidad en aquel sentimiento unilateral. Y entonces recordó una frase que había leído hacía unos años y no fue hasta ese momento que la comprendió del todo: la peor cobardía de un hombre es despertar el amor de una mujer sin tener la intención de amarle. En su historia, sabía justamente quién se había comportado como un auténtico cobarde.
Se adentró nuevamente en la lectura y no había avanzado ni dos líneas cuando escuchó una voz que le decía:
– Necesitamos hablar.
Al alzar la vista se vio reflejada en los ojos de Andro. Su mirada era dulce, clara, hipnótica. Se le hizo un nudo en la garganta y, al abrir la boca para responderle, él apoyó un dedo sobre sus labios, sellando con una suave caricia las palabras de la chica.
– Primero déjame a mí. –Hizo un largo silencio. Al parecer le costaba el habla, y la voz le temblaba cuando lo hacía. –Te pido perdón –comenzó–, yo… sentí miedo Molly, un miedo tan grande… Siempre he sido un conquistador, o eso me creo, y ninguna chica se me había resistido. Creía a ratos que me querías, pero luego dijiste que no y me confundí. –Otra vez hubo silencio. La joven lo miraba como si tampoco lo creyera. Su dedo ya no estaba sobre sus labios, había tomado la mano de Molly y la sujetaba con fuerza, sentía su calidez, y era tan suave al tacto… –Huí, de ti, de mí, de esto que siento que es más fuerte que yo y… nunca me había enamorado, admitirlo era aceptar que había perdido mis defensas, era renunciar a mí, por ti. Pero fui un estúpido, y lo siento, porque tú… Molly, tú me gustas mucho, y eres lo único que quiero en este mundo.
La chica no tuvo tiempo de reaccionar y se descubrió de pronto entre sus brazos, con sus labios apoyados sobre los de ella en el beso más tierno del mundo. Podía incluso escuchar los latidos de su corazón y, en un arranque de pasión, se aferró con fuerza al cuerpo de Andro.
Escuchó entonces que alguien giraba el picaporte y luego de esto una fuerte patada que estremeció las goznes de la puerta. Pegó un salto en la silla, asustada, y el libro cayó al suelo. Secó un hilillo de saliva que escurría de su boca y se acomodó las gafas. No sabía en qué momento se había quedado dormida, pero comprendió que todo aquello no había sido más que un sueño. Un simple sueño que ahora la torturaba porque, si bien en él se habían manifestado los deseos más profundos de su corazón, sabía perfectamente que Andro nunca diría cosas como aquellas.
Escuchó unos pasos que se alejaban por el pasillo y fue a ver de quién se trataba, pero al girar el pomo de la puerta se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. Hizo varios esfuerzos por abrirla, pero en el fondo sabía que era inútil. No era claustrofóbica, pero en aquellas circunstancias no se sentía cómoda, y por lo que pudo ver por las ventanas, ya había anochecido.
Empezó a golpear entonces la puerta, todo lo fuerte que se lo permitían los brazos y al no recibir respuesta comenzó a gritar:
– ¡Regresa, quien quiera que seas! ¡Estoy encerrada, por favor, ayúdame! –Siguió golpeando con fuerzas, sin dejar de dar voces–. ¡Por favor, regresa, no me dejes aquí! ¿Me escuchas? ¡Ayúdame a salir, por favor! …por favor… –y su voz se fue apagando, como sus esperanzas de salir.
Cayó de rodillas al suelo, vencida, y con los nudillos ensangrentados. Era tan extraña la mezcla de sentimientos dentro de sí que el dolor físico le era apenas perceptible. No entendía cómo era posible que la hubieran dejado encerrada, ¿acaso no habían visto que estaba dentro del aula? ¿Que simplemente se había quedado dormida?
Volvió a sentir girar el picaporte y un tintinear metálico. Sintió una sensación de alivio al pensar que al fin podría salir de allí, pero se frustró al escuchar que del otro lado una voz de chico protestaba, mientras lanzaba furioso las llaves contra el piso.
– Estas tampoco son. ¡Maldita sea!
Se levantó de un brinco y golpeó una vez más la puerta.
– Espera, no te vayas. Me quedé encerrada, por favor, ayúdame.
– ¿Molly?
– Sí… –respondió con voz entrecortada al reconocer su timbre–. ¿Andro?
«Vaya cosas que tiene el destino» -pensó la chica. Pero no era momento de quejarse. Tenía que haber alguna forma de salir de allí y, bueno, si dependía de Andro ¿qué se le iba a hacer?
– Molly, ¿qué haces ahí dentro?
– Mmm, digamos que es una larga historia. Prometo contártela en cuanto me saques de aquí.
– ¿Yo? ¿Sacarte de ahí? –la chica tragó en seco al escuchar aquello–. Yo solo vine por mis cosas.
– ¿Te gusta esto? –Preguntó ella recostando su espalda a la puerta y deslizándose hasta caer sentada–. ¿Te divierte reírte de mí de esta manera?
– No sé a qué te refieres –respondió con frialdad.
– Mientras leía tu libro estuve pensando y…
– ¿Leíste mi libro? ¿Completo?
– No, no completo, me quedé dormida antes de darme cuenta, pero eso no importa. Estuve pensando y creo que… Andro, llegué a la conclusión de que tú nunca te has enamorado y por eso me lastimas de esta forma.
– Tú no estás en mi cabeza para saber eso, así que no te atrevas a repetirlo –dijo furioso.
– ¿O qué? ¿Me vas a golpear? –preguntó ella, mordaz–. Para eso tendrías que abrir la puerta y créeme, no quiero otra cosa ahora mismo. –Andro mantuvo silencio–. Perdona, pero es lo que creo, que nunca te has enamorado, y lo que es más: tú tienes miedo de amar.
– Ay, ahora sí que me cabreaste. ¿De dónde sacas esas cosas? ¿Quién te crees que eres?
– Nadie, yo no soy nadie ni nunca lo seré. Pero ese libro está escrito justo para mí, pude sentirlo.
Se creó de pronto una atmósfera extraña entre ellos, el chico se sosegó y la energía de ambos de alguna manera conectó.
– Mira, Molly, de verdad quisiera sacarte de ahí, pero he probado todas las llaves que he encontrado y ninguna abre la dichosa puerta.
«¿Estaba cediendo?» –se preguntó Molly– «¿Porque había cambiado de pronto el tema, y hasta el tono de voz?» Él también se había sentado recostado a la puerta, que levantaba medio palmo del suelo. Al mirar hacia abajo vio que los dedos de la mano de la joven asomaban por debajo del borde inferior y sintió unos extraños deseos de acariciarlos, pero se contuvo. Otra vez hubo silencio entre los dos, pero el chico se atrevió a romperlo.
– En ese libro había algo para ti. Aunque ya no tenga importancia lo puedes buscar, si quieres, no tengo problema con eso. Al final es tuyo.
Molly se levantó dudando, pero al coger el libro hojeó rápidamente sus páginas hasta ver caer al suelo un papelito doblado. Lo abrió con delicadeza y vio un hermoso dibujo de una rosa roja, perfectamente acomodada en el cabello de alguien que le resultaba familiar. Una chica con gafas, y no pudo evitar sonreír.
– Lo dibujé hace tres noches –lo escuchó decir–. Era una práctica que tenía abandonada y no sé, de pronto sentí de nuevo el deseo de pintar.
– Pero está horrible esto –dijo ella, disimulando su sonrisa, porque en realidad se había quedado fascinada con aquel dibujo.
– ¿Cómo que horrible, con el esfuerzo que hice pintando eso? –cuestionó ofendido.
– Será que no tienes talento –le espetó maliciosa, era su turno de vengarse.
– Ay, te mato. Deja que salgas de ahí que te juro que te mato –dijo riendo por primera vez en toda la noche.
– Jajaja, tú no tienes el valor de hacer eso –dijo Molly temeraria.
– Sabes que no –sentenció él, y el corazón de la chica dio un vuelco–. Molly, aléjate de la puerta, que te voy a sacar de ahí ahora mismo.
Ella retrocedió. No sabía por qué él le había pedido eso, pero consideró que lo más apropiado era obedecerle. Escuchó entonces una fuerte patada en la puerta, y otra, y luego otra igual o más poderosa.
– Detente, Andro, ¿te volviste loco?
– Sí, creo que sí, pero es que ya no lo soporto más. Esto me está quemando por dentro.
– Sí, pero si rompes la puerta nos van a expulsar a los dos y… –entonces recordó que ella, por ser la presidenta de su brigada, tenía una copia de la llave del salón de clases, justo en su taquillero. ¿Cómo había pasado por alto una información tan importante?–. Andro, escúchame, solo un momento.
El muchacho cesó los golpes y prestó atención a lo que ella tenía que decir. Le pasó por debajo de la puerta las llaves de su taquilla y le dio las orientaciones para que la sacara al fin de aquella prisión.
Él se encaminó presuroso hasta llegar al 267 de las mujeres y abrió sin dificultad el casillero. Ahí buscó desesperado la llave, pero antes de dar con ella encontró un pequeño cofre que le causó curiosidad. Cegado por sus deseos de saberlo todo lo abrió, y encontró el conjunto de papelitos con frases de amor que en algún momento le había entregado a Molly. Para su sorpresa, al voltearlos encontró que ella había respondido cada uno de los mensajes, aun cuando nunca se los entregó.
En su rostro se dibujó una sonrisa, tomó la llave requerida y salió corriendo de regreso al aula.
Metió la llave en la cerradura y la giró. La puerta quedó abierta y, cerca del umbral, esperaba ansiosa Molly, quien vio acercarse al chico y fue a decir “gracias”, pero las palabras quedaron ahogadas en su garganta. Él puso sus tibias manos sobre las sonrosadas mejillas de la joven y besó con ternura su frente. Ella guardó silencio y bajó la mirada, nerviosa. Él en cambio la abrazó y la alzó unos palmos del suelo. Se veía tan ligera en sus brazos…
Giró una y otra vez sobre su propio eje, sin soltarla. Ella se agarraba con fuerzas por miedo a caer, y él no hacía otra cosa que reír como un adolescente. Cesó de dar vueltas y la bajó suavemente. Ella se llevó una mano a la cabeza, se acomodó las gafas, el cabello, la ropa, y esbozó una tímida sonrisa.
El muchacho había dejado de reír. Ahora solo la miraba, contemplativo, como un trozo de arte en medio de aquel salón tan cutre. Abría y cerraba los puños. Al parecer también estaba nervioso. Tragó saliva con dificultad y, después de lanzar una enorme bocanada de aire, se atrevió a preguntar.
– Sé que no lo merezco, pero… ¿me darías otra oportunidad?






Final perfecto Sakuramor aunque te emocionaste demasiado.
WoW!!!! Hace poquito respondí a un post de lo 1ra parte de la historia y ahora veo el Final o quizás ¨Supuesto Final¨ y aunque así sería perfecto, al menos no me dejaron en suspenso y con las ganas de saber que pasaba con la Chika Gafas y el…. Bueno, los Tortolitos jajaja.
Muchas gracias por no dejarnos con la duda. muy inspirada esta historia, de verdad me encantó.
waoooooo bien por ti SaKura buena esa mi vida jaja sige a si mima